“La españoleta”

Llegué a España con cuatro años, apenas ni sabía hablar correctamente (tenía dificultades para pronunciar la “r”) cuando fui matriculada en el sistema educativo español.

Hoy no me voy a meter en como el sistema se comporta con les niñes racializades así que digamos que tuve suerte. Al contrario que muches de mis compañeres negres no fui la única persona racializada de la clase, o incluso de la institución así que no sufrí de forma tan directa el rechazo del resto de les niñes, o bueno, lo sufrí pero no fui capaz de relacionarlo con el racismo hasta hace bastante poco. Como la gran mayoría de nosotres, recibí comentarios de todo tipo sobre mi pelo, algunos bastante ofensivos, sobre mi piel, sobre mis labios… a veces incluso me impidieron jugar con elles poniendo mis rasgos como excusa pero yo sinceramente, antes de concienciarme, llegué a creer que estos desplantes venían derivados de mi forma de ser, de mi individualidad, nunca de mi raza.

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– Lois Mailou Jones

La cosa que más me choca cuando echo la vista atrás sobre mi experiencia es la diferencia que tengo con el resto de los familiares que llegaron a este país con algunos años más que yo pero que estuvieron en los mismos colegios e institutos. Ellos aún tienen acento. Para quien me conozca le será evidente que me he criado en Madrid, más específicamente en los barrios del sur por la manera que tengo de hablar y expresarme y notará que no tengo el típico seseo característico de mi país de origen, en latinoamérica. Es normal que no hable como las personas que se han criado en mi país, es absolutamente lógico que haya adoptado los aspectos lingüísticos de mi entorno con naturalidad, pero ese no es el punto, el punto es que en mi caso, y supongo que en el caso de muches otres, fui obligada a hablar “correctamente” por mis profesores.

Cuando digo que fui obligada me refiero a que en incontables ocasiones tuve a profesores detrás mía, corrigiéndome cada vez que se me escapaba una “s” fuera de lugar, presionándome para que dejara de utilizarlas, para que aprendiera a cecear como “los de aquí” ya que eso, según elles, me traería infinitud de problemas a la hora de escribir. Imaginad la situación, una niña pequeña que no podía controlar su frenillo teniendo que ir al logopeda para aprender a pronunciar como una española de pura cepa. 

El caso es que al final aprendí a cecear, como decía antes soy la única persona de mi familia, no nacida aquí, que habla así y, mientras que en el entorno escolar esto me venía bien ya que los apuntes de los profesores ya no iban dirigidos a mi por ese motivo si no que se centraron en otros aspectos de mi educación, en mi entorno familiar de vez en cuando se hacían bromas sobre mi forma de hablar. En casa me apodaron como “La españoleta”  A diferencia de muches de mis amigues extranjeres soy incapaz de modular mi acento cuando entro en casa, y esto les hacía mucha gracia a mis familiares, a los que viven aquí y todavía más a los que siguen en mi país.

Por inocuo que pueda parecer todo este percal, la situación contribuyó bastante a los problemas de identidad que he tenido a lo largo de mi vida. Mientras que fuera de casa siempre se me veía como la negra, la de fuera, por mucho que intentara adaptarme y no destacar negativamente, dentro también tenía que esforzarme por encajar, aceptar los comentarios y nunca tomármelos mal ya que sabía que realmente, al contrario de lo que podía recibir de otros, mi familia no pretendía hacerme ningún daño.

Llegué a no considerarme negra, ni colombiana, para mi estos dos adjetivos no me representaban de ninguna forma ya que ni conocía el país, ni hablaba como ellos y tampoco era tan negra, pero tampoco podía llamarme a mi misma española, pues realmente no había nacido aquí, era en efecto negra y mucha gente se encargó de recordármelo. Recurrí a identificarme con mi barrio, con mi colegio, con mi instituto, con mi ciudad, con lo que había conocido y punto e incluso ahora me cuesta responder de dónde soy cuando me preguntan, llegando a contestar de una forma distinta según a quién.

Volver a Colombia fue muy extraño. Aunque aún recordaba algunos lugares, a algunas personas, sabores y otras cosas me sentía como una extranjera en mi propio pueblo, les niñes del barrio me rodeaban cuando hablaba, haciendo comentarios sobre la forma que tenía de hacerlo, riéndose, sorprendiéndose… y yo no podía evitar recordar a mi antigua profesora del colegio, como un fantasma en mi cabeza corrigiéndome cada vez que al comunicarme con ellos intentaba adaptar mi lenguaje. 

Aunque le pueda parecer una chorrada a quien no haya pasado por algo similar, realmente creo que la manera en la que el entorno nos trata cuando somos pequeñes, sobre todo a les niñes de la diáspora contribuye muchísimo a la percepción de nuestro mundo, a la forja de nuestras identidades, a la aceptación de nuestra negritud y la conciencia de los problemas y el racismo sistemático al que nos hemos enfrentado desde siempre, y contra el cuál seguimos luchando ahora. No estoy depositando la responsabilidad de toda mi confusión de identidad en el hecho de que me obligaran a desechar mi acento, por supuesto que no, pero es un aspecto que ha tenido bastante peso en todo mi proceso personal, en la desconexión que he sentido para con mis raíces y en la visión que he tenido sobre mi misma.

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