CUANDO TU CULTURA ES POCO PROFESIONAL

(Foto: Nadine Ijewere)

Siglos, cientos de años, horas de trenzado, lavado, anudado, tejer, lavado telas, enhebradas cuentas, quemaduras y olor a frutas, tirones de tu madre y alivio despues de los bantus, color.
Todo esto, todo lo que te forma como ente, como ser; cúmulo de energías andante, durmiente y sintiente. Los pañuelos que se pone tu madre para ir a la boda de una compañera, que aprendió de su madre, tu abuela, y que ahora te hace a ti; el collar que te protege del mal de ojo que te regaló tu tía, ese tan grande; tu afro, el que te ha costado cuidar y mimar para que llegue a ese espesor; o tus trenzas, con las que llevas unos meses, porque tu afro aun no es lo grande que te gustaría.
Todo lo que te define, cientos de años de cultura, las caricias de tu abuela, la protección, se convierten en inconvenientes fuera de las puertas de tu casa, fuera de tu país.
Años de tradición, religión, se deben evaporar si quieres comer. Son poco profesionales, te dicen. Debes dejar de ser tu, olvidar  siglos, cientos de años, horas de trenzado, lavado, anudado, tejer, lavado telas, enhebradas cuentas, quemaduras y olor a frutas, tirones de tu madre y alivio despues de los bantus, color; ser otro ente, que no corresponde con tu Ser, porque molesta, incomoda. Convertirte en algo frío y neutro. Tus conocimientos, talento, son eclipsado por el pañuelo que llevas, tus pulseras y tus modificaciones corporales. Tu cultura les eclipsa el raciocinio.
Para poder comer tienes que olvidar tu cultura, lo que te define, lo que define a tu madre y abuela. Las canciones, los colores y los sabores. Silenciar las voces de tus raíces. Las cenizas y el fuego se deben apagar.

Dejar de ser para ser ellos.
No queremos comer entonces.

“El amor es tan poderoso, es como las flores que no se ven bajo nuestros pies cuando caminamos” 

Bessie Head


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Reapropiarse del cuerpo

(Foto: Zanele Muholi)
Mi cuerpo ya no era mío. No sé qué era, ni de quién. Pero no me pertenecía, no tenía derecho sobre él.

Esto me obligaron a sellar en mi mente en 2 ocasiones, siendo una niña, forzando el cuerpo asustado en el que vivía. Que dejó de ser mío, para ser de cualquiera.

Ahora vivía en una bolsa, fea y asquerosa, como tódos me decían que era. Oscura, sucia y diferente. ¿Por qué eres así?
Todos tocaban mi cuerpo, que ya no era mío y era una bolsa, sin permiso. Tocaban mi pelo extraño, que parecía una horrible esponja. Tocaban mi piel sucia, con desprecio, queriendo ver si manchaba. 

Me sentía extraña en mí misma. Crecí con el sentimiento de que no me pertenecía a mi misma, que yo era derecho de cualquiera, y no existía viceversa. Yo no podía tocarles, se escapaban y más tarde ni lo intentaba. Este cuerpo no era de nadie, nadie lo quería.

Lo maltraté de muchas formas, me castigué por no ser suficiente, por no ser algo. Negándome cualquier cosa que me hiciese bien y me llenase. Era su culpa, no me aceptaban; era mi culpa, yo tampoco lo hacía. Sabía que no estaba bien lo que hacía con él, pero era lo que nos merecíamos. Y me empezaron a gustar otros cuerpos. Me decían que TENÍA que besar, o tocar, que era lo que había que hacer. Pero eso no fue lo que aprendí. Yo no podía hacer eso, no tenía derecho sobre este cuerpo, ni ninguno. Pensaba, tenía grabado a fuego, como si me hubiesen obligado a repetir la leccion cientos de veces: esto no es tuyo, es de los demas, tú no tienes nada.

La primera vez que alguien intentó besarme, hace no mucho tiempo, ese día me decían que debía besarle, es lo que tenía que hacer. Salía el cartel de neon recordandome que yo no mandaba, si no cualquier otra persona. Estaba asustada, no quería. Me intentó besar y acto reflejo le puse la mano en la cara.

En ese momento, lúcido, este cuerpo que no era mío y era de cualquiera me defendió. Escuchó el miedo que sentía, me protegió de mí. Ese día empecé a ser consciente de él, de cómo usarlo, y de si quería hacerlo. 

Me costaba identificar el sentimiento “esto no es tuyo no puedes oponerte”, y más me costaba actuar.
Hablo en pasado, pero debería hablar en presente. Sigo teniendo miedo a no saber cuándo alguien va a utilizar mi cuerpo, ultra sexualizado, que no gusta, es odiado y no encaja. Tengo miedo a no saber hacerme uno con este cuerpo, cuidarle y cuidarme. Tengo miedo a no saber decir que no, cuando por dentro lo estoy gritando.

Me quitaron de mi cuerpo, e intentan robarlo cada día. Lo que no saben es que estamos aprendiendo a amarnos.

Negro con corazón de blanca

Inconsciente, se miró en el espejo esperando un color que no existía, un pelo que no tenía, un mundo que conocía pero que nadie aceptaba como suyo.

Violeta era una niña partida en dos. El convencionalismo nunca fue su fuerte. Se integraba pero siempre distinguida. Formó parte de todo sin ser nada.

Sus amigas fueron niños, su deseo, a veces, fue ser niño. Parecía más fácil. No se les exigía tanto: ni ir tan arreglados, ni juntar las piernas , ni ser tan educados, ni sonreír tanto, ni abrazar, ni callar, ni bajar la mirada…

Sus amigos fueron blancas, su deseo fue ser blanca, parecía más fácil. No se les preguntaba tanto: ¿Eres adoptada? ¿Tu padre es negro? ¿De dónde eres? ¿Hablas catalán? ¡Qué integrada que estás! ¿Has estado en África?

NO JODER, NO HE ESTADO.

Siempre dando explicaciones. Mi padre es blanca y mi madre es negro. ¿O será al revés? Preguntáis tanto que confundís.

Nació un miércoles de diciembre en Barcelona, su nombre es Violeta, tiene 7 años, juega con playmobiles y llora cuando su madre la interrumpe para la ducha, lee un libro al mes, a veces dos; le gusta que su madre le acurruque y le cante Mami Blue por las noches. Le gusta el chocolate, cantar, bailar y ver Doraemon. Adora a su abuela y a su tía y a su primo, colecciona cromos y se sale de la raya cuando pinta. Va al colegio y odia que le toquen el pelo y podría seguir escribiendo todas las cosas de blancas que hace.

Inconsciente, se miró en el espejo sin esperar ver nada más que su reflejo y se sorprendió. No recordaba no ser blanca.

Quién eres no viene determinado por tu color de piel, se determina por quién, como, dónde y cuándo te han criado. Eso es lo que te asimila o te diferencia de las demás personas, tus circunstancias, no tu melanina.

Violeta siempre se sintió blanca, quería gritar y decir que ella era blanca, que habían cogido su alma y la habían puesto en un cuerpo que no era suyo, pero no lo hizo.

Y quiso adelgazar sus piernas…

Y quiso alisar su pelo…

Y no tomó el sol durante más de diez veranos…

Y no hablaba con negros..

Y dejaba claro que era blanca…

Pero no era blanca…

Y lo descubrió…

Y lo aceptó…

Y volvió a tomar el sol…

Y decidió hablar con personas, no colores…

Y soltó su pelo… Y no lo alisó más…

Y se dejó claro a ella misma que no era blanca, que no era negra, que era Violeta.

La niña unida en dos, la niña negra, que por sus circunstancias, tendría el corazón de blanca.

¡¿Pero cómo iba a ser yo blanca?! : Crónicas sobre colorismo

  (Foto: Nadine Ijewere)

El término “colorismo” fue acuñado por la novelista y activista Alice Walker (famosa por escribir El Color Púrpura). El colorismo surge de un sistema de supremacía blanca, en el que se discrimina el color de la piel, es decir, cuánto más oscura sea la piel de una persona, más será discriminada.

(Aunque hay que apuntar que esto se puede dar en todas direcciones)

A los ocho años me eché mi primer alisante. Lo vendían como…”Un pelo precioso empieza con x marca que te dejará el pelo más suave y lacio que nunca”. Yo con tan poca edad, ya soñaba con la idea de parecerme a esas barbies blancas, rubias y con una talla imposible, con las que tanto me gustaba jugar.

A los doce años empecé a obsesionarme con alisarme el pelo y ponerme mi extensiones todos lo días. Temía volver a escuchar que me llamaran “Actor Secundario Bob”, “11811” o “Pelo polla”. Mi pelo cada vez crecía menos y se quemaba más.

A los trece años la profesora de arte no hizo nada. Un compañero de clase empezó a atacarme con comentarios racistas mientras que sus amigos le reían las gracias. Yo sola y sin el apoyo de nadie, le humillé con mis respuestas. Al ver que le respondí, cogió un pincel untado en pigmento negro y me pintó la piel… “Ahora ya tienes más color de mierda”. Tras ese suceso, estaba en shock, casi sin respiración y sin poder hablar apenas. Sin embargo, tenía que defenderme y no podía dejar eso así, por lo que le pinté con acrílico su sudadera negra. Eso hizo que se enfadará aún más y casi me ataca fisícamente, hasta que entró la profesora y nos regañó a los dos, y como si nada hubiera pasado…

A los catorce años me dijeron por primera vez “Pero tú no eres ni negra ni blanca”,  “Tú eres café con leche” “Si hablas como una blanca”… Una voz dentro de mí sólo podía gritar: ¡No, yo soy negra! Me encontraba perdida, en mitad de dos mundos y sin saber de donde pertenecía realmente. Comencé a hacerle preguntas a mi conciencia… ¿Qué es ser negro? ¿ Porqué he de justificarme? ¿Cuál es mi sitio?

 

A los dieciséis años acudí a una peluquería occidental del barrio, a la cual solía ir, a cortarme el pelo. Me dijeron literalmente “Aquí no peinamos tu pelo”. En cuanto oí eso, me fui y nunca he vuelto a ir a una peluquería desde entonces.

A partir de ese momento, me liberé de alisantes, planchas y extensiones. Me he liberado del canon de belleza blanco, he revivido mis raíces y amo más que nunca mi negritud . Desde luego, ha sido la mejor decisión que he podido tomar en mucho tiempo.

Se quien soy y nadie mejor que yo me conoce, por lo tanto nadie es quien para decirme quien soy yo y de dónde vengo.
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Nunca antes había cuestionado mi negritud.

Mi hermano, con más melanina, nunca me pareció más negro que yo. Pasamos las mismas situaciones, por los mismos insultos (adaptandose a nuestro género preasignado. A él le metían en peleas, a mi me tiraban del pelo/amenazaban; a él le para en la calle la policía, a mi los señores ofreciendome dinero a cambio de sexo)

Nunca me había parado a pensar en cómo me veía la gente, porque me trataban como me decían que era: una negra más. Ahora hablo de los blancos, clavando sus miradas en mi cuerpo, y sus chicles y lápices en mi afro; pero ¿qué hay de los que tambien me miran, los que están más cerca?

Mi abuelo, negro, su padre esclavo africano, me puso el apodo de España “cariñosamente” porque mi madre, negra, había tenido una hija más clara que ella, él, y su abuelo ¿¿Pero cómo iba a ser yo blanca??

Al llegar a España, la gente no era como mi abuelo o mi madre o mi hermano o yo. Eso me enseñaron. La gente era como mi padre. Blancos.

Al llegar a España, yo dejé de ser “España” para ahora ser la niña sucia, la del pelo raro, la de la nariz grande, la más alta, la más oscura…Algo no había cambiado: seguía siendo la diferente, en un continente distinto.

Ahora me llamaban negra. Como a mi madre y mi hermano… Y a mi abuelo si estuviese aquí.

Así fue que cumplí años en España, sin serlo, más que 5 min en las llamada bianuales de mi abuelo, que seguía llamándome como el país en el que ahora vivo…Siendo ahora la negra de mierda, la que mancha, la rara.

Nunca antes había cuestionado mi negritud.

La que mi hermano me enseñó a amar. Con la que me empodero. Hasta que oí hablar a una amiga, de madre negra y padre blanco como los míos sobre experiencias con el colorismo. Hasta que no escuché las historias de todas mis amigas (que son mis hermanas) de sus madres abrasándoles el cuero cabelludo con productos químicos para tuvieran el pelo como las preciosas blancas; hasta que vi el primer tubo para decolorar la piel en mi casa, que le había traído mi prima a mi madre (para unas manchas); hasta que mi madre me propuso por primer vez a los 14, productos químicos para “suavizar el rizo”; hasta que amigas oscuras como mi madre, en el país de sus padres, tambien eran las blancas; hasta que a amigas oscuras como mi madre, sus madres les regalaban relaxer y tubos decolorantes de la piel por eso…porque son “demasiado” oscuras.

Hasta que te das cuenta de por qué desde allá tu abuelo te llama España, y aquí  el resto del mundo negra de mierda.

Siempre serás demasiado: blanca o negra; nunca válida. Porque el colorismo se da en todas direcciones.

Nunca antes había cuestionado mi negritud, ni cómo me verían otras peronas racializadas. Nunca antes había sentido terror momentáneo por inaginarme si algo de mi cultura, de mi madre y su padre, como por ejemplo ponerme un turbante, podría verse desde los ojos de otra persona racializada como una apropiación. Nunca antes había cuestionado mi negritud, mi identidad, lo que pisan mis pies, y lo que eleva mi alma, mis raíces y mis flores. Nunca antes había tenido miedo de que mis hermanes de sufrimiento y lucha no me reconociesen como tal.

Gracias, racismo, por tanto.

Me niego rotundamente
A negar mi voz,
Mi sangre y mi piel.

Shirley Campbell,  Rotúndamente Negra

“La españoleta”

Llegué a España con cuatro años, apenas ni sabía hablar correctamente (tenía dificultades para pronunciar la “r”) cuando fui matriculada en el sistema educativo español.

Hoy no me voy a meter en como el sistema se comporta con les niñes racializades así que digamos que tuve suerte. Al contrario que muches de mis compañeres negres no fui la única persona racializada de la clase, o incluso de la institución así que no sufrí de forma tan directa el rechazo del resto de les niñes, o bueno, lo sufrí pero no fui capaz de relacionarlo con el racismo hasta hace bastante poco. Como la gran mayoría de nosotres, recibí comentarios de todo tipo sobre mi pelo, algunos bastante ofensivos, sobre mi piel, sobre mis labios… a veces incluso me impidieron jugar con elles poniendo mis rasgos como excusa pero yo sinceramente, antes de concienciarme, llegué a creer que estos desplantes venían derivados de mi forma de ser, de mi individualidad, nunca de mi raza.

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– Lois Mailou Jones

La cosa que más me choca cuando echo la vista atrás sobre mi experiencia es la diferencia que tengo con el resto de los familiares que llegaron a este país con algunos años más que yo pero que estuvieron en los mismos colegios e institutos. Ellos aún tienen acento. Para quien me conozca le será evidente que me he criado en Madrid, más específicamente en los barrios del sur por la manera que tengo de hablar y expresarme y notará que no tengo el típico seseo característico de mi país de origen, en latinoamérica. Es normal que no hable como las personas que se han criado en mi país, es absolutamente lógico que haya adoptado los aspectos lingüísticos de mi entorno con naturalidad, pero ese no es el punto, el punto es que en mi caso, y supongo que en el caso de muches otres, fui obligada a hablar “correctamente” por mis profesores.

Cuando digo que fui obligada me refiero a que en incontables ocasiones tuve a profesores detrás mía, corrigiéndome cada vez que se me escapaba una “s” fuera de lugar, presionándome para que dejara de utilizarlas, para que aprendiera a cecear como “los de aquí” ya que eso, según elles, me traería infinitud de problemas a la hora de escribir. Imaginad la situación, una niña pequeña que no podía controlar su frenillo teniendo que ir al logopeda para aprender a pronunciar como una española de pura cepa. 

El caso es que al final aprendí a cecear, como decía antes soy la única persona de mi familia, no nacida aquí, que habla así y, mientras que en el entorno escolar esto me venía bien ya que los apuntes de los profesores ya no iban dirigidos a mi por ese motivo si no que se centraron en otros aspectos de mi educación, en mi entorno familiar de vez en cuando se hacían bromas sobre mi forma de hablar. En casa me apodaron como “La españoleta”  A diferencia de muches de mis amigues extranjeres soy incapaz de modular mi acento cuando entro en casa, y esto les hacía mucha gracia a mis familiares, a los que viven aquí y todavía más a los que siguen en mi país.

Por inocuo que pueda parecer todo este percal, la situación contribuyó bastante a los problemas de identidad que he tenido a lo largo de mi vida. Mientras que fuera de casa siempre se me veía como la negra, la de fuera, por mucho que intentara adaptarme y no destacar negativamente, dentro también tenía que esforzarme por encajar, aceptar los comentarios y nunca tomármelos mal ya que sabía que realmente, al contrario de lo que podía recibir de otros, mi familia no pretendía hacerme ningún daño.

Llegué a no considerarme negra, ni colombiana, para mi estos dos adjetivos no me representaban de ninguna forma ya que ni conocía el país, ni hablaba como ellos y tampoco era tan negra, pero tampoco podía llamarme a mi misma española, pues realmente no había nacido aquí, era en efecto negra y mucha gente se encargó de recordármelo. Recurrí a identificarme con mi barrio, con mi colegio, con mi instituto, con mi ciudad, con lo que había conocido y punto e incluso ahora me cuesta responder de dónde soy cuando me preguntan, llegando a contestar de una forma distinta según a quién.

Volver a Colombia fue muy extraño. Aunque aún recordaba algunos lugares, a algunas personas, sabores y otras cosas me sentía como una extranjera en mi propio pueblo, les niñes del barrio me rodeaban cuando hablaba, haciendo comentarios sobre la forma que tenía de hacerlo, riéndose, sorprendiéndose… y yo no podía evitar recordar a mi antigua profesora del colegio, como un fantasma en mi cabeza corrigiéndome cada vez que al comunicarme con ellos intentaba adaptar mi lenguaje. 

Aunque le pueda parecer una chorrada a quien no haya pasado por algo similar, realmente creo que la manera en la que el entorno nos trata cuando somos pequeñes, sobre todo a les niñes de la diáspora contribuye muchísimo a la percepción de nuestro mundo, a la forja de nuestras identidades, a la aceptación de nuestra negritud y la conciencia de los problemas y el racismo sistemático al que nos hemos enfrentado desde siempre, y contra el cuál seguimos luchando ahora. No estoy depositando la responsabilidad de toda mi confusión de identidad en el hecho de que me obligaran a desechar mi acento, por supuesto que no, pero es un aspecto que ha tenido bastante peso en todo mi proceso personal, en la desconexión que he sentido para con mis raíces y en la visión que he tenido sobre mi misma.