¡¿Pero cómo iba a ser yo blanca?! : Crónicas sobre colorismo

  (Foto: Nadine Ijewere)

El término “colorismo” fue acuñado por la novelista y activista Alice Walker (famosa por escribir El Color Púrpura). El colorismo surge de un sistema de supremacía blanca, en el que se discrimina el color de la piel, es decir, cuánto más oscura sea la piel de una persona, más será discriminada.

(Aunque hay que apuntar que esto se puede dar en todas direcciones)

A los ocho años me eché mi primer alisante. Lo vendían como…”Un pelo precioso empieza con x marca que te dejará el pelo más suave y lacio que nunca”. Yo con tan poca edad, ya soñaba con la idea de parecerme a esas barbies blancas, rubias y con una talla imposible, con las que tanto me gustaba jugar.

A los doce años empecé a obsesionarme con alisarme el pelo y ponerme mi extensiones todos lo días. Temía volver a escuchar que me llamaran “Actor Secundario Bob”, “11811” o “Pelo polla”. Mi pelo cada vez crecía menos y se quemaba más.

A los trece años la profesora de arte no hizo nada. Un compañero de clase empezó a atacarme con comentarios racistas mientras que sus amigos le reían las gracias. Yo sola y sin el apoyo de nadie, le humillé con mis respuestas. Al ver que le respondí, cogió un pincel untado en pigmento negro y me pintó la piel… “Ahora ya tienes más color de mierda”. Tras ese suceso, estaba en shock, casi sin respiración y sin poder hablar apenas. Sin embargo, tenía que defenderme y no podía dejar eso así, por lo que le pinté con acrílico su sudadera negra. Eso hizo que se enfadará aún más y casi me ataca fisícamente, hasta que entró la profesora y nos regañó a los dos, y como si nada hubiera pasado…

A los catorce años me dijeron por primera vez “Pero tú no eres ni negra ni blanca”,  “Tú eres café con leche” “Si hablas como una blanca”… Una voz dentro de mí sólo podía gritar: ¡No, yo soy negra! Me encontraba perdida, en mitad de dos mundos y sin saber de donde pertenecía realmente. Comencé a hacerle preguntas a mi conciencia… ¿Qué es ser negro? ¿ Porqué he de justificarme? ¿Cuál es mi sitio?

 

A los dieciséis años acudí a una peluquería occidental del barrio, a la cual solía ir, a cortarme el pelo. Me dijeron literalmente “Aquí no peinamos tu pelo”. En cuanto oí eso, me fui y nunca he vuelto a ir a una peluquería desde entonces.

A partir de ese momento, me liberé de alisantes, planchas y extensiones. Me he liberado del canon de belleza blanco, he revivido mis raíces y amo más que nunca mi negritud . Desde luego, ha sido la mejor decisión que he podido tomar en mucho tiempo.

Se quien soy y nadie mejor que yo me conoce, por lo tanto nadie es quien para decirme quien soy yo y de dónde vengo.
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Nunca antes había cuestionado mi negritud.

Mi hermano, con más melanina, nunca me pareció más negro que yo. Pasamos las mismas situaciones, por los mismos insultos (adaptandose a nuestro género preasignado. A él le metían en peleas, a mi me tiraban del pelo/amenazaban; a él le para en la calle la policía, a mi los señores ofreciendome dinero a cambio de sexo)

Nunca me había parado a pensar en cómo me veía la gente, porque me trataban como me decían que era: una negra más. Ahora hablo de los blancos, clavando sus miradas en mi cuerpo, y sus chicles y lápices en mi afro; pero ¿qué hay de los que tambien me miran, los que están más cerca?

Mi abuelo, negro, su padre esclavo africano, me puso el apodo de España “cariñosamente” porque mi madre, negra, había tenido una hija más clara que ella, él, y su abuelo ¿¿Pero cómo iba a ser yo blanca??

Al llegar a España, la gente no era como mi abuelo o mi madre o mi hermano o yo. Eso me enseñaron. La gente era como mi padre. Blancos.

Al llegar a España, yo dejé de ser “España” para ahora ser la niña sucia, la del pelo raro, la de la nariz grande, la más alta, la más oscura…Algo no había cambiado: seguía siendo la diferente, en un continente distinto.

Ahora me llamaban negra. Como a mi madre y mi hermano… Y a mi abuelo si estuviese aquí.

Así fue que cumplí años en España, sin serlo, más que 5 min en las llamada bianuales de mi abuelo, que seguía llamándome como el país en el que ahora vivo…Siendo ahora la negra de mierda, la que mancha, la rara.

Nunca antes había cuestionado mi negritud.

La que mi hermano me enseñó a amar. Con la que me empodero. Hasta que oí hablar a una amiga, de madre negra y padre blanco como los míos sobre experiencias con el colorismo. Hasta que no escuché las historias de todas mis amigas (que son mis hermanas) de sus madres abrasándoles el cuero cabelludo con productos químicos para tuvieran el pelo como las preciosas blancas; hasta que vi el primer tubo para decolorar la piel en mi casa, que le había traído mi prima a mi madre (para unas manchas); hasta que mi madre me propuso por primer vez a los 14, productos químicos para “suavizar el rizo”; hasta que amigas oscuras como mi madre, en el país de sus padres, tambien eran las blancas; hasta que a amigas oscuras como mi madre, sus madres les regalaban relaxer y tubos decolorantes de la piel por eso…porque son “demasiado” oscuras.

Hasta que te das cuenta de por qué desde allá tu abuelo te llama España, y aquí  el resto del mundo negra de mierda.

Siempre serás demasiado: blanca o negra; nunca válida. Porque el colorismo se da en todas direcciones.

Nunca antes había cuestionado mi negritud, ni cómo me verían otras peronas racializadas. Nunca antes había sentido terror momentáneo por inaginarme si algo de mi cultura, de mi madre y su padre, como por ejemplo ponerme un turbante, podría verse desde los ojos de otra persona racializada como una apropiación. Nunca antes había cuestionado mi negritud, mi identidad, lo que pisan mis pies, y lo que eleva mi alma, mis raíces y mis flores. Nunca antes había tenido miedo de que mis hermanes de sufrimiento y lucha no me reconociesen como tal.

Gracias, racismo, por tanto.

Me niego rotundamente
A negar mi voz,
Mi sangre y mi piel.

Shirley Campbell,  Rotúndamente Negra

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